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El predicador hace clíck

Adaptado por Alex Chiang, coordinador de la región andina, del artículo de Mario Granda Rangel “El profesor hace click”.

Los predicadores ahora deben enfrentarse a la cámara para transmitir sus mensajes a la iglesia.

Nunca antes hubo tantos gobiernos, laboratorios, empresas, financistas y científicos en torno a un mismo objetivo. La concentración de sus esfuerzos los llevará, en lo posible, a un pronto descubrimiento de la vacuna contra la enfermedad que ahora amenaza. En una situación parecida, pero en un contexto particularmente diferente, se encuentran hoy muchos predicadores. De un día para otro, se han visto obligados a sentarse frente a una cámara para predicar o grabar sus mensajes en audio o video para luego subirlo a las redes sociales. Como nunca antes, los predicadores -y no solo en el Perú, sino en todo el mundo- deben ahora preguntarse seriamente sobre el papel de la tecnología en la misión de la iglesia. De ello depende que los miembros de nuestras iglesias continúen nutriéndose de la Palabra de Dios.


La circunstancia que aquí describimos nos llama la atención porque, más allá de la anécdota, los predicadores han sido los que más se han resistido a aceptar el aporte de la tecnología en su trabajo pastoral. Los predicadores más jóvenes han logrado abrir el camino un poco más, pues ya han pasado algunos años desde el inicio de la nueva era, pero todavía hay muchos que consideran que las computadoras no son más que una ayuda y no un recurso ministerial en sí mismo. Hoy la tecnología se encuentra en los medios de comunicación, en la ciencia, en la política y en el mundo empresarial, pero todavía se encuentra lejos de cambiar a los defensores de la predicación tradicional.

En ciertos sectores de la Iglesia y la sociedad, se ve el uso de la tecnología como algo muy vanal.

Es posible que parte del prejuicio de los predicadores hacia el uso de las redes sociales haya tenido su origen en el ruido con el que llegó la revolución digital. Los encantos de la tecnología –sus imágenes, sus sonidos y su velocidad— pertenecían al mundo secular y no contribuían al cultivo de la verdadera espiritualidad. También había argumentos contra el contenido. Los celulares solo servían para comunicarse, las computadoras se habían convertido en consolas hechas solo para jugar e internet solo era una realidad virtual (si es que no un oscuro plan conspiratorio para tener controlado el mundo). La tecnología empezó a ser vista como un objeto vacío que solo cobraba validez cuando servía a un propósito humano muy concreto. Por más novelas, enciclopedias, manuales y películas que se grabaran en la memoria de un ordenador, este nunca alcanzaría a tener la dignidad de un libro. El predicador siempre debía ganar en el campo de la moral.

La crisis actual puede ser también una oportunidad.

El estado de excepción que se vive hoy podría tomarse como un mero paréntesis, pero también como una oportunidad para cambiar, de una vez, la perspectiva con que hasta ahora se ha comprendido la era de la informática. Es cierto que la adaptación es lenta y que llevará a muchos por caminos desconcertantes, pero por el momento es el único modo de ponerse en contacto con la realidad. Tal vez hay muchos predicadores que todavía piensen que lo que aparece en una pantalla es pura ilusión, pero es muy probable que las personas que lo escuchan no lo crean así. De hecho, ni siquiera se lo preguntan.

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