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Familia, preocupaciones y la presencia de Dios

Queridos amigos,

Estas han sido semanas extraordinarias para el mundo mientras el coronavirus sigue expandiéndose, trayendo sufrimiento e incertidumbre. Este jueves, Claire Bennet, quien trabaja junto a Ruth Slater en Carlisle con temas administrativos, nos trae unas palabras de ánimo en base a su vida familiar y el Salmo 121.



Yo no sé tú, pero para mí la cuarentena han sido una serie de días buenos, días geniales, días malos y días tristes. Por un lado, tuvimos tiempos preciosos de estar en familia juntos. Sin Escuela. Sin gimnasia. Sin dejar ni recoger a nadie. Con mucha luz del sol para disfrutar. Tener a mi esposo en casa, cuando normalmente trabaja lejos, ha sido una bendición. Sin embargo, pasar tanto tiempo juntos hace que sintamos todo mucho más intenso. Las pilas de platos por lavar son más altos. Preparar la comida nunca parece terminar – y estoy agradecida de tener comida, mientras que muchos otros viven del día, sin saber si podrán proveer para sus familias. Estos son días que despierto y me siento completamente abrumada. Han sido 13 semanas de cuarentena y las vacaciones colegiales del verano están a la vuelta. No hay un fin a la vista. Las montañas por escalar todavía se ven muy altas.

En medio de los malabares diarios de trabajar en casa y tener a los niños también en casa, estuve pasando bastante tiempo, más intencionalmente, leyendo la Palabra y orando por mis hijos. Anhelo ver a Dios moverse en sus corazones y que lo conozcan como yo lo conozco. Lloro por la montaña que les queda por escalar y también por mis sentimientos de fracaso a la hora de compartirles sobre Dios. Temo por todas las cosas que les depara el futuro y no poder protegerlos. Y mientras escucho a mis amigos cuyos hijos no conocen al Señor, me doy cuenta que comparto sus dificultades, los mismos choques sobre las cosas más pequeñas. Todos estamos enfrentando el “¿qué vamos hacer ahora?”, sabiendo que hoy va a ser igual al ayer – y el mañana.

Pero Dios está con nosotros mientras enfrentamos la montaña. Él quiere que vayamos a Él y llevar nuestros hijos con Él también. Él es perfectamente confiable, amoroso con ellos y los conoce mejor que nosotros lo hacemos. Todos nos inclinamos hacía Él, esperando a que nos dirija por estos días inciertos y difíciles. En ese sentido, el Salmo 121 es tan alentador.

A las montañas levanto mis ojos;

¿de dónde ha de venir mi ayuda?

Mi ayuda proviene del Señor,

creador del cielo y de la tierra.

No permitirá que tu pie resbale;

jamás duerme el que te cuida.

Jamás duerme ni se adormece

el que cuida de Israel.

El Señor es quien te cuida,

el Señor es tu sombra protectora.

De día el sol no te hará daño,

ni la luna de noche.

El Señor te protegerá;

de todo mal protegerá tu vida.

El Señor te cuidará en el hogar y en el camino,

desde ahora y para siempre.


Es Nancy Guthrie quien notó: “A veces el camino de lanzar a nuestros hijos a la adultez se parece a una colina muy empinada. Nos preguntamos si tendremos la fortaleza para el largo recorrido … Podemos recordar que el Único que creó el mundo en el que vivimos, como también a los niños que amamos, está comprometido a ayudarnos en este extenso viaje … Él nunca se aburrirá de nuestros problemas, mientras se los entreguemos en oración”. Así que, si hoy te sientes como yo, al borde, colapsa a los pies de Jesús y trae todas tus preocupaciones a su presencia.

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