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Aliento para quienes no pueden respirar

Queridos amigos,

Estas han sido semanas sin precedentes para la población mundial. Las personas más vulnerables en circunstancias normales ahora se encuentran en mayor riesgo debido a la hambruna, desamparo y muerte por COVID-19. En este boletín, Jennifer Cuthbertson, coordinadora de la formación de facilitadores, nos ofrece esta reflexión sobre Ezequiel 37:1-14.

Persona con una pancarta que dice "No puedo respirar" en una protesta.

Dos veces a lo largo de los años he velado al lado de la cama de mi marido mientras él luchaba por respirar hasta que finalmente perdía el aliento. Un respirador proveyó aire a su cuerpo desesperado por oxígeno, pero no pudo recrear la habilidad de respirar. ¿Podrá volver a respirar por su propia cuenta? Solo Dios podía saber eso.

Uno de los efectos más mortíferos del COVID-19 es el no poder respirar. Los respiradores empujan aire a los pulmones en un intento de mantener a la persona viva – un tratamiento bastante doloroso cuando los pulmones están en peligro por la enfermedad. Los respiradores, sin embargo, están al alcance casi exclusivamente para las personas privilegiadas. ¿Cuántas personas alrededor del mundo morirán porque no pueden respirar antes que la pandemia llegue a su fin? Solo Dios sabe.

En nuestro contexto norteamericano y de muchos otros lugares a lo largo del mundo, un sinnúmero de pancartas tenía escritas las últimas palabras de George Floyd: “No puedo respirar”. Estas tres palabras encapsulan más significado que la automática función del cuerpo de respirar. ¿Los pobres oprimidos, marginados, discriminados e invisibles de este mundo alguna vez tendrán la libertad y la seguridad de respirar sin trabas en su propia tierra? ¿Los esclavos del mundo moderno podrán respirar emancipación en vez de explotación? ¿Podrán los 27 millones de refugiados de nuestro mundo volver a respirar aceptación en vez de ostracismo? Solo Dios sabe.

En Ezequiel 37:1-3, la mano de Dios llevó a Ezequiel alrededor del valle, cautivándolo para que observe la cantidad de huesos secos habían y cómo se habían distribuído tan ampliamente. Entonces Dios preguntó: “Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos?” (¿Podrán volver a respirar?) Ezequiel respondió: “Señor omnipotente, tú lo sabes”. (Sé lo que estás pensando. ¿Es esta una respuesta con trampa? Estos son huesos desconectados – ¡ni siquiera cuerpos! ¿Estás bromeando Dios?)

Los huesos secos representan al pueblo de Dios – un pueblo desesperado cuya esperanza desapareció -gente en pedazos (v.11) Dios tenía una palabra para esta gente desesperanzada y separada que vivían en las tumbas del exilio: respiren. Ezequiel debía comunicar esta palabra del Señor soberano: Yo seré el respirador que “les dará aliento de vida” (v5). “Les daré aliento de vida, y así revivirán” (v6).

Entonces el Señor me dijo: «Profetiza, hijo de hombre; conjura al aliento de vida y dile: “Esto ordena el Señor omnipotente: “Ven de los cuatro vientos, y dales vida a estos huesos muertos para que revivan”». Yo profeticé, tal como el Señor me lo había ordenado, y el aliento de vida entró en ellos; entonces los huesos revivieron y se pusieron de pie. ¡Era un ejército numeroso! (vv9-10).


¡Vida! La vida es asunto de Dios y por eso también es asunto nuestro. También nosotros hemos sido encomendados de dar aliento a quienes no pueden respirar. Entonces, ¿cómo hablaremos? ¿Cómo les daremos aliento? ¿Cómo daremos oxígeno a sus pulmones hasta que puedan respirar por su propia cuenta?

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