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Chris Wright reflexiona bíblicamente sobre el brote de corona virus.

Actualizado: abr 14

“Si crees que eres demasiado pequeño para marcar una diferencia, intenta dormir con un mosquito”. Así dice una frase que aprendí mientras vivía en India. Las cosas pequeñas golpean muy por encima de su peso. Y un virus es mucho más pequeño que un mosquito.

“Si crees que eres demasiado pequeño para marcar una diferencia, intenta dormir con un mosquito”.

En realidad, los virus son la forma de vida más pequeña del planeta. Algo de 20-400 nanómetros, cien veces más pequeño que una bacteria, y demasiado pequeño como para ser visto con un microscopio normal. Necesitarías un microscopio de electrones para identificar al corona virus, o COVID-19, como deberíamos llamarlo ahora, como algo sacado de “La Guerra de las Galaxias”. ¡Pero qué impacto produjo un organismo tan pero tan pequeño! En el marco de unas cuantas semanas – y con nuestra ayuda por supuesto – dio vueltas al mundo, ocasionó cierres de emergencia en ciudades enteras y humilló a países enteros. Economías se estancan, acciones caen, negocios sufren dificultades, viajes son interrumpidos, eventos deportivos se cancelan, muchas vidas se pierden y muchas más están en suspenso, vacaciones terminan en prácticamente prisión… la lista continua. Es realmente asombroso como algo tan diminuto puede tener consecuencias tan devastadoras.

Los virus son la forma de vida más pequeña del planeta, algo de 20-400 nanómetros.

El libro de Proverbios identifica que el tamaño no es un indicador de importancia o impacto:

“Cuatro cosas hay pequeñas en el mundo,

pero que son más sabias que los sabios:

las hormigas, animalitos de escasas fuerzas,

pero que almacenan su comida en el verano;

los tejones, animalitos de poca monta,

pero que construyen su casa entre las rocas;

las langostas, que no tienen rey,

pero que avanzan en formación perfecta;

las lagartijas, que se atrapan con la mano,

pero que habitan hasta en los palacios.” (Prov. 30:24-28)

Me pregunto que hubiera dicho Agur si supiera de la existencia de los virus. Quizás, “un virus no puede ser visto, sin embargo puede detener el mundo”. Isaías reflexiona puntualmente sobre cuán frágil son el poder, gloria, riquezas, habilidades y destrezas humanas – cuando llega la crisis. En comparación con la fuerza duradera del Dios Creador, incluso las grandes naciones de la tierra pueden desmoronarse frente a un virus y sus líderes pueden verse reducidos a una vergüenza impotente - si no son barridos por completo al final, quién sabe.


A los ojos de Dios, las naciones son

como una gota de agua en un balde,

como una brizna de polvo en una balanza.

El Señor pesa las islas como si fueran polvo fino.

El Líbano no alcanza para el fuego de su altar,

ni todos sus animales para los holocaustos.

Todas las naciones no son nada en su presencia;

no tienen para él valor alguno.

Él reina sobre la bóveda de la tierra,

cuyos habitantes son como langostas.

Él extiende los cielos como un toldo,

y los despliega como carpa para ser habitada.

Él anula a los poderosos,

y a nada reduce a los gobernantes de este mundo.

Escasamente han sido plantados,

apenas han sido sembrados,

apenas echan raíces en la tierra,

cuando él sopla sobre ellos y se marchitan;

¡y el huracán los arrasa como paja! (Isa. 40:15-17, 22-24).


Nuestra primera pregunta puede que sea, ¿por qué deberían existir virus en la buena creación de Dios? Sin mencionar todas las otras pequeñas cosas desagradables que nos hacen tanto daño. La misma creación sufre y es sujeto de frustración, y nosotros sufrimos con ella, sin inmunidad a todas las formas en que la muerte invade y amenaza la vida, como Dios nos advirtió que sucedería.

La misma creación sufre y es sujeto de frustración

¿Juicio?

¿Entonces debe ser el juicio de Dios? Creo que nunca podemos hacer afirmaciones simplistas como esa, o podríamos unirnos a los amigos de Job en erróneamente lanzar teología piadosa sobre el sufrimiento "inocente" de la gente. Pero ciertamente es una advertencia. Como Jesús señaló a los que se preguntaban si las personas que habían muerto en algún accidente de construcción eran más pecadores que otros. De ninguna manera, dijo Jesús, pero es un recordatorio que todos nosotros estamos muy cerca de perecer y necesitamos tener una buena relación con Dios a través del arrepentimiento y la fe (Lc. 13:1-5). La vida es tan frágil. Un virus, un microbio, una mano sin lavar, un encuentro cercano e inocente con un amigo infectado que no sabe de su condición – y la enfermedad o la muerte tira la puerta abajo.

Ciertamente esto es una advertencia. (Foto de Ash @ModernAfflatus en Pexels)

Entonces, ¿qué aprendemos de esta crisis global?


Insensatez

Primeramente, los resultados de la insensatez humana. Seamos cuidadosos, otra vez, sin señalar con juicio. Pero hay algo que salta a primera vista como imprudente. Me refiero a las prácticas de los "mercados húmedos" chinos, con animales vivos y muertos de muchas especies salvajes y domésticas mezclados con carne y pescado crudo. Muchas advertencias se han hecho sobre el potencial de enfermedades zoonóticas transmitiéndose de animales a humanos en tales condiciones, pero aún así la práctica continúo.

Aunque las reglas de alimentos limpios en el Levítico tenían un fundamento teológico, había cierta sabiduría higiénica divina en evitar que la carne muerta de los animales salvajes entrara en contacto con las manos, ropas y recipientes humanos, y la insistencia en los lavados rituales si esto ocurría (Lev. 11). Dios sabía de los virus mucho antes que nosotros.

Y luego, la notoria y trascendental insensatez en el trato al Dr Li Wen Lian quien al ser el primero en identificar el nuevo virus en Wuhan advirtió a sus colegas, pero fue amenazado y censurado por las autoridades, en vez de ser atendido – y luego su trágica muerte al servir pacientes infectados.

Evitemos nuevamente, señalar con juiciio, como lo muestra la imagen. (Foto de Rodolpho Zanardo en Pexels)

Temor

En segundo lugar, es increíble como este organismo tan pequeño ha generado tales niveles de temor. No se trata que no debamos tener miedo de algo que traiga enfermedad y potencialmente la muerte. Pero, hasta ahora, el porcentaje de mortalidad por tasa de infección parece estar dentro de cifras únicas. Eso no reconforta, por supuesto, a las personas mayores o que ya se encuentra con problemas de salud. Pero, a la mayoría de nosotros, si nos enfermamos es muy posible que nos recuperemos. Esto no es como la peste negra. Ni siquiera como uno de esos letales brotes de influenza de años anteriores. Y si embargo, el miedo mundial ha explotado, causando tanto daño colateral como el virus mismo. En tiempos así, es bueno como cristianos recordar que “Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de poder, de amor y de dominio propio.” (2 Tim. 1:7)


Foto de Inzmam Khan en Pexels

Odio y Estigma

En tercer lugar, y trágicamente esto sucede frecuentemente, una crisis como esta saca lo peor (como a veces también saca lo mejor) en los seres humanos. No había escuchado la palabra “Sinofobia” antes, pero aparentemente es algo real, y bien documentado – “odio y temor a los chinos”. Como el antisemitismo, no tiene una base racional, pero es realmente horrible. Los chinos (como otras personas de Asia oriental) han sido despreciados, escupidos en las calles, verbalmente abusados al ser llamados “virus”, cruelmente condenados al ostracismo – y reportes de tal comportamiento pueden ser encontrados en todas partes del mundo. Todos los virus también invisibles de la maldad humana son como una endemia – más virulenta y destructiva, ciertamente – que los virus tan pequeños como para que el ojo los perciba. Y tan antigua también. Estaba antes del diluvio, y la razón del mismo fue que “el Señor vio que era mucha la maldad de los hombres en la tierra, y que todos los planes y pensamientos de su corazón eran siempre los de hacer sólo el mal.” Dudo que Dios observe algo diferente, miles de años después.


El rechazo a la población proveniente de China es un hecho lamentable.

Entonces, ¿cuál debería ser nuestra respuesta?

Escribo esto a finales de febrero y para el tiempo que lo leas en abril, las cosas puede que hayan cambiado dramáticamente, de una forma u otra. Pero obviamente, debemos tomar todas las precauciones razonables que las autoridades médicas nos imponen. Y es igual de obvio, debemos orar. Oremos por quienes ya están padeciendo la enfermedad, o están afligidos por ella. Oremos por nuestra propia protección y la de nuestros seres queridos, confiando en la soberanía y bondad de Dios mientras somos conscientes que nuestra salvación eterna no significa inmunidad en la tierra de los males comunes de la humanidad. Oramos por las autoridades médicas y políticas, por éxito en la carrera por desarrollar una vacuna, y por mayor sabiduría en la respuesta práctica de cosas como estas. Oramos por una mayor humildad cultural, que reemplace nuestra arrogancia y ambición con una saludable dosis de realismo sobre nuestra capacidad humana de “someter a la tierra” – cuando la misma tierra está luchando con nuestra insensatez humana, sea a través de virus o el caos climático. Y, sobre todo, perseveramos en fe y esperanza en la soberanía de Dios - el Señor de la creación y el Gobernante de las naciones, el Dios del Salmo 46: “Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia. Por eso, no temeremos…”


Como señalan estas imágenes y el artículo, oremos y tomemos todas la precauciones para evitar que esta pandemia siga propagándose.

Chris Wright

El Dr. Chris Wright nació en Belfast, Norte de Irlanda en 1947. Realizó un doctorado sobre Ética económica en el Antiguo Testamento, en la Universidad de Cambridge. En septiembre del 2001, fue designado como Director Internacional de la Sociedad Langham. Chris también es el presidente del Grupo de Trabajo de Teología de Lausana. Escribió varios libros como: “La misión de Dios. Descubriendo el gran mensaje de la Biblia", “Cómo predicar desde el Antiguo Testamento” y "Conociendo a Jesús a través del Antiguo Testamento", entre otros.

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